Ayacucho es hoy un pueblo convulsionado. Cargado de rumores y de dudas y erizado por una muerte que, hasta el momento, no encuentra explicaciones. Un robo en plena siesta, una madre que -supuestamente- se contradice, vecinos hartos de una realidad que se modificó desde hace poco más de un lustro y un silencio oficial que aporta más confusión.
Los hechos conocidos indican que Soledad Ibáñez, de 24 años, estaba a las dos de la tarde del miércoles duchándose en su casa de la calle Miguenz Nº 1155, en pleno centro de esta ciudad, mientras su beba Antonia, de apenas tres meses, descansaba en la cama matrimonial. Su marido, Juan Pablo Olano, de 28, se encontraba trabajando en su propio establecimiento rural.
La joven madre cuenta que oyó ruidos, que pensó que era su suegra -que vive a pocas cuadras- y que de pronto tres hombres ingresaron a su baño. Que le pidieron "la plata", que la golpearon y la amenazaron con llevarse a la beba. Y que al buscar finalmente a la niña, la encontró muerta.
La auxilió la vecina que vive al lado de su casa y que la conoce desde toda la vida -en esa casa, que es de su madre, vivió Soledad desde que nació-. Cuenta que no la vio golpeada pero sí muy asustada y que se trata de "una familia ejemplar".
Cuando la población se enteró de lo sucedido, estalló. Era la gota que rebalsaba un vaso muy cargado para lo que históricamente ha sido Ayacucho. Y todos, en cualquier esquina, en cualquier plaza y en cualquier barrio, cuentan una historia parecida.
"¿Sabe qué pasa? En Ayacucho no se sabía lo que era la inseguridad. Aquí todas las casas están comunicadas, las llaves no existían. Y si había algún robo que otro, todos sabíamos quiénes eran, rateros como los que hay en todos lados", dicen los vecinos al unísono.
Cuentan también que en los últimos tiempos, esos robos de "rateros" fueron cambiando de cariz. Que ahora hay violencia y que se pide "plata dateada". Que no hace mucho golpearon salvajemente a un matrimonio mayor y que los comercios ya fueron todos "atendidos".
Todos relacionan estos "cambios" con la llegada de "gente de afuera". "La verdad es que hace cosa de 5 ó 6 años vino mucha gente de la Villa 31 y de otros lados con planes sociales a los que todos vemos. A partir de ese mismo momento Ayacucho cambió", dice un vecino que, por temor, prefiere no dar su nombre.
UNA MARCHA ANUNCIADA
La muerte de Antonia fue el detonante que hizo que el pueblo estallara. Y a través de redes sociales y mensajes de texto, la consigna fue "Nos reunimos en la Plaza a las 20". Y hasta el cura del pueblo, el padre Miguel Angel Paris, se sumó a la marcha.
El partido de Ayacucho tiene 20.000 habitantes. Y su ciudad cabecera, 16.000. En la noche del miércoles, había en la plaza principal más de 4.000 personas, un cuarto del pueblo autoconvocado por teléfono en apenas una tarde.
Caminaron por la plaza, rezaron, y pidieron por Antonia. Pero lentamente los ánimos fueron "in crescendo" y del rezo algunos pasaron a tirar piedras contra la comisaría, -aquí la policía es comunal- y contra la casa del Intendente. Y todo terminó con corridas y balas de goma disparadas al aire. Algo que en Ayacucho sólo se conocía de mirar televisión.
RUMORES QUE ENARDECEN
Desde algún lugar se disparó que las declaraciones de Soledad habían sido contradictorias. Que los ladrones no habían matado a la beba y, con un enorme manto de sospecha, que los ladrones nunca habían existido. Sin embargo, en las calles de Ayacucho esta versión es fuertemente resistida.
"Es gente intachable -afirma Pedro Echaide, de 81 años, conocedor de los padres y hasta de los abuelos de la beba- y lo que andan diciendo por ahí es una infamia. Lo hacen para tapar cosas sucias, como que están manteniendo a ladrones y que desde hace años en este pueblo nunca se esclarece nada pese a que todos saben todo".
La mayoría del pueblo tiene el mismo pensamiento respecto a la familia Olano-Ibáñez. "Formaban una parejita encantadora, y la beba les trajo una enorme felicidad. Juan Pablo trabaja en el campo de 1.000 hectáreas que era de su padre fallecido. Y Soledad es una mujer que vivía para su hija y su marido. Acá hace rato que hay muchos robos, pero jamás se había llegado a la barbarie de un crimen. Esto ya no parece Ayacucho".
LAS PERICIAS
El traslado del cuerpito de Antonia a La Plata para ser sometido a una autopsia y las pericias realizadas en la casa de la calle Miguenz donde ocurrieron los hechos aportaron una breve calma a un poblado que se había vuelto a autoconvocar para anoche a la misma hora y en el mismo lugar.
Sin embargo, el conocimiento extraoficial de algunos de los resultados técnicos, hizo que los ánimos volvieran a caldearse.
Según datos preliminares de la autopsia, la pequeña Antonia habría fallecido por un broncoespasmo, es decir por muerte natural (ver aparte). Sin frazadas ni opresiones. Y según algunos trascendidos, tampoco en la casa se habrían encontrado pruebas muy firmes de la presencia de forajidos.
¿Qué es lo que pasó en Ayacucho? ¿Una indignación masiva por un crimen que nunca ocurrió? ¿Un hartazgo generalizado por una inseguridad que también golpea en un pueblo del interior desacostumbrado a estos episodios ya tristemente comunes en las grandes ciudades? ¿intencionalidades y tergiversaciones con propósitos supuestamente inconfesables?
Lo único cierto hasta ahora es que una beba de sólo tres meses que había traído felicidad a un matrimonio joven ya no está. Y que su muerte, justa o injustamente, levantó a un pueblo que acumulaba ganas de protestar y que encontró en ella a la causa más noble para hacerlo.