El sábado 24 ppdo. fue inhumado en el cementerio Gloriam de Adrogué, Sergio Natalio Yovovich, quien permaneció desaparecido desde el 15 de octubre de 1977 hasta que luego de casi 35 años sus restos fueron identificados por el Cuerpo Argentino de Antropología Forense. En una muy cálida ceremonia fue despedido por sus familiares (Juan Pablo su hijo, María Rosa Martínez, su compañera al momento de su desaparición, Angelina su madre, y sus hermanos Nacho, Delia y Albita) junto a ex compañeros de militancia y amigos.
HASTA SIEMPRE, SERGIO !!
Apellido eslavo. Grandote, inmenso, pelo rubio y ojos claros. Gringo, gringo chaqueño, típico. Aparentaba timidez, pero a medida que avanzaba en la charla asomaba cierta picardía. En el fondo se lo veía muy simple y maduro. Y verdaderamente lo era.
De inicio asumió con gran responsabilidad esa suerte de mandato familiar que, de una manera u otra los estudiantes del interior cargan cuando dejan sus hogares para continuar su formación en otro lugar y en su caso particular era muy conciente de ello. Por eso se dedicó a estudiar a pleno, pero también a buscar algún trabajo, que consiguió prontamente, pasando a formar parte (los menos) de los que por entonces estudiaban y laburaban.
Pese a su doble esfuerzo, era un tipo alegre, siempre con algún chiste o una broma a mano, pese a que se esforzaba por parecer más serio. Posiblemente como réplica de alguna de sus jodas, alguien, lo apodó Popoff, en una alusión directa a su apellido y después, de modo cariñoso, comenzaron a decirle “popy”. Parecía casi una joda llamar así a semejante urso. También le decían “cabezón”.
Tenía siempre muy presente a su familia a quien realmente amaba y de la que se sentía amado. A su mamá Angelina, de quien seguramente heredó esa gran nobleza con la que vivió. A sus hermanos, de los que siempre hablaba con mucho afecto y les reconocía gozar del privilegio que le habían otorgado con su conformidad para que él se fuera a estudiar.
Desde finales de los 60 el país vivía horas de grandes torbellinos sociales y políticos que preanunciaban el paso a una etapa distinta, con la posibilidad cierta de una nueva institucionalidad, esta vez democrática y popular.
Ese clima de época, que se colaba por todos lados, no fue ajeno a los universitarios, que como pasó con amplios sectores de la vida social argentina habían comenzado a vivir un acelerado proceso de toma de conciencia sobre la realidad nacional.
Ese fue el ambiente que le toco vivir a Sergio en sus años de la Universidad, en un tiempo en que con avidez pudo ir armando un verdadero cuadro de situación, con elementos de su propia experiencia y los que logró incorporar desde una perspectiva teórica.
Los primeros, reactualizados por el recuerdo de la realidad social de su Chaco originario. Los últimos, a partir de su encuentro con herramientas teóricas derivadas de la lectura de documentos vinculados a la teología de la liberación, a las que fue agregando, a modo complementario nociones provenientes del peronismo, que fueron amalgamando una progresiva y sólida convicción política. No le hizo falta mucho más, en esa época de abundante oferta teórica.
Unos días antes del 20 de junio de 1973, se planteó que el regreso de Perón a la Argentina después de 18 años de exilio iba a ser un “hecho histórico”. Así lo dijo, merituando en ese momento más la circunstancia histórica que la política, y que consideraba que no podía ser ajeno a ello.
En verdad no podía haber elegido peor circunstancia iniciática. Pero allí estuvo, deslumbrado con esa inmensidad humana en movimiento. Por suerte la sacamos barata.
Y entonces, con la misma responsabilidad que manejó su vida, su condición de hijo primero, de estudiante después, a partir de allí comenzó progresivamente a abordar su militancia política, con una consecuencia ejemplar.
Con el tiempo llegó la noche más oscura y cruel de nuestra historia y el país se fue cargando de ausencias lacerantes, de vacíos irreemplazables. Uno de ellos fue, inevitablemente el de Sergio.
No puedo olvidar la primera vez que volví a ver su rostro en esa larga hilera de fotos de compañeros muertos o desaparecidos que recorría la Plaza San Martín en La Plata. Ya aquel endurecimiento necesario de los primeros años de la dictadura se había relajado y nos permitía dar paso a nuestras verdaderas emociones. Posiblemente estábamos comenzando a recuperarnos, a parecernos a los tipos normales. Y entonces pude también llorarlo.
Su recuerdo ha estado siempre presente entre los que lo aprendimos a querer, para lo cual no fue necesario esfuerzo alguno, porque era un tipo fácil de querer, pero por sobre todo digno de ser querido.
Un ciclo habremos cerrado cuando finalmente podamos despedirlo, estoy seguro que ese día seremos muchos.
Jorge Alessandro